EL LIBERTADOR GENERAL DON JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN, Y EL ELOGIO AL ESPIONAJE.

Por Néstor Gammella (*)

Hasta el arribo de San Martín a nuestras playas en 1812, las fuerzas armadas en defensa de la incipiente Patria, estaban mayormente al cuidado de voluntariosos y valientes militares, hechos tales con más o menos improvisación, algunos incluso civiles en las vísperas. Aun los criollos más formados en armas, estaban lejos del profesionalismo del magno prócer.

A las horas de su desembarco de la Fragata George Canning, nuestro Libertador estaba ya abocado a su tarea militar, enfrentando en primer lugar la desconfianza que propios y extraños tenían hacia su persona e intenciones. Pero San Martín ya había obtenido del poder político constituido y del informal, lo necesario para formar con sus conceptos -netamente de carrera militar europea- al Regimiento de Granaderos, uno de los cuales despachó al Primer Triunvirato de orientación rivadaviana. Su modo “quirúrgico” de operar lo mostró como un hombre prudente y sabio en la idea, y presto en su ejecución, virtudes que se corresponden con las de un buen profesional hombre de armas. Llegó San Martín con un plan entre manos, y desde el primer momento comenzó a cumplirlo, el Primer Triunvirato fue de los iniciales obstáculos y supo removerlo, pero no lo hizo sólo ni desinformado. 

El General San Martín de inmediato se incorporó a la vida social de la época y entorno, frecuentó principalmente una de las dos casas más en boga, la de los Escalada, y esto estaba relacionado con lo político y el juego de las logias patrióticas comprometidas en la revolución. Cuando en los últimos días de septiembre de 1812 se conoció la noticia de la victoria del General Belgrano en la batalla de Tucumán, para lo cual tuvo que desobedecer al Primer Triunvirato la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica encontraron la oportunidad de imponer cambios en el gobierno que favorecieran sus objetivos de independencia, e impulsaron la revolución del 8 de octubre de 1812.

En ese contexto, de conjurados, y secretos, es que San Martín levanta a su Regimiento de Granaderos a Caballo, y Ortiz de Ocampo a los batallones de cívicos; bastaron unos pocos comprometidos con una causa, y con un ideario claro; y por supuesto, con un espionaje y contraespionaje que fue efectivo, y con una inteligencia adecuada para mover a la sociedad porteña hacia dónde los conspiradores consideraron propicio. Casi nunca los resultados -aunque puedan parecer casuales- lo son, pueden reconstruirse las verdaderas intenciones a partir de los resultados históricos, desandando los mismos.

No todo lo que parecía ser, era en realidad, y así fue que ocurrió el 25 de mayo de 1810, con los emprendimientos sanmartinianos, y el 9 de julio de 1816, entre tantas muchas fechas y episodios que solemos conmemorar. Verdades aun quedan, (y son muchas) a descubrir.

Reducir al General San Martín al sable y al bronce, es no comprenderlo. Fue y sigue siendo tan grande precisamente por humanismo, por su pensamiento político, por su integridad, en su totalidad; toda conspiración, toda revolución, todo quiebre de un sistema político para advenimiento de otro necesita ineludiblemente de una correcta inteligencia y espionaje, así fue que tras un Primer Triunvirato, hubo un Segundo con un corte absolutamente diferente, con un mayor espíritu de grandeza y de emancipación.

Pese a las lentas comunicaciones de la época y el océano que separaba España de América, fue San Martín un hombre informado de lo que aquí ocurría, así pudo contar o adherir a un plan, y ejecutarlo. Estuvo informado de modo permanente, incluso durante el exilio que se impuso y hasta que falleció, y fue por saber y conocer, que tan generoso fue y pudo ser siempre con la Patria.

El prócer no daba pasos en falsos; el plan estaba concebido, y siguió las leyes de la causa y del efecto hasta ser designado Gobernador de Cuyo. Lo anterior fue preparatorio de ese objetivo, pues recién asumiendo el poder político de esa región es que comenzó bajo su mando la empresa libertadora. No le interesó la gobernación en sí, sino para apoyar su plan emancipador del sud continente.

San Martín no estaba sólo, supo desenvolverse en torno de las logias patrióticas en que revistió con enorme capacidad y discernimiento. Siempre necesitó de información, y en consecuencia: De los informantes, de ser certero y selectivo dependía el éxito o no del plan.

En cuyo, San Martín quería saber todo, no sólo el armamento de los realistas, sus asentamientos y rutas, no sólo la geografía que le desafiaba, todo lo concerniente a la empresa libertadora le incumbía, lo grande y lo que podía ser o parecer pequeño, pero que se relacionaba a su labor; la política, el juego de los intereses locales, las costumbres, creencias y hábitos, los deseos y los temores de la gente en torno a su paso.

Está documentado que el 10 de mayo de 1815 el Director Supremo (Álvarez Thomas) le dirigió a San Martín: “…He resuelto que los oficiales Don Diego Guzmán y Don Ramón Picarte pasen al Estado de Chile con el importante fin de promover en él la insurrección contra el gobierno español, y que informen a usted de cuantas noticias crean interesantes…”. Diego Guzmán utilizó el nombre de Víctor Gutiérrez, y fue desde su espionaje un notable colaborador del prócer.

Dos fueron los sistemas de espionaje utilizados, el radial; específico a una acción en particular o ámbito, o zona, y el celular; éste último tenía que ver con la estructura informante en grupos cerrados y hasta aislados de otros de la misma naturaleza.

Es sabido que Juan Pablo Ramírez, que actuó con el nombre de Antonio Astete, obró de modo radial al reconocer e informar sobre el terreno en que habría de desarrollarse la Batalla de Chacabuco.

Los espías solían ser patriotas revolucionarios, comprometidos con la causa. No vendían sus servicios, y el Libertador los prefería socialmente dignos de la confianza de los españoles. Con su vida los espías podían pagar el precio a tanto patriotismo, tal como ocurrió a Manuel Rodríguez en 1818 muerto por un militar realista. Rodríguez (que usaba el apodo del “alemán” o “el español”) se había destacado en su calidad de informante.

Pero hubo muchos espías revolucionarios, y casi siempre con apodos o nombres alternativos. Algunos se desempeñaban en su entorno habitual, otros en cambio tomaban roles de viajantes, o comerciantes, o se aprovechaba de sus profesiones para emplazarlos y localizarlos donde fuera más conveniente. Rodolfo Terragno recientemente ha investigado a María Josefa Morales de los Ríos, como confidente, amiga y espía a favor de la causa. Hombres y mujeres, ancianos, adultos y aun niños, europeos, criollos y también indios de un modo u otro, traían y llevaban información; y sabemos que se aprovechaba de estos últimos para trasmitir a los españoles falsos planes; por ejemplo que el cruce el ejército lo realizaría más al sur, de dónde realmente ocurrió.

El espionaje patriota no se detenía en la obtención de datos y noticias, se actuaba también respecto de la información y de los espías a favor de los realistas, se los desprestigiaba, se los confundía, se actuaba contra la “inteligencia” española. Francisco Casimiro Marcó del Pont, Presidente de la Real Audiencia de Chile, realista, quedó perplejo y sorprendido demasiadas veces tras estos despliegues de la inteligencia patriota, una guerra sutil y decisiva, escondida dentro de otra guerra expuesta.

El Libertador suscribía notas que dejaba capturar por los realistas, y aunque estos barruntaron el cruce de la cordillera por el ejército americano, eran desconcertados -conforme ya dijimos- respecto del momento, y del lugar en que ocurriría.

Espionaje y contraespionaje, y hasta el empleo de palomas mensajeras, españoles y americanos entraron en la guerra de los secretos y engaños, y el Libertador hablaba de la “Guerra de zapa” prestándole la mayor atención y los máximos recaudos.

El correo del Libertador al General Guido es descriptivo de la importancia que le atribuyó aquél a la inteligencia: “Mendoza, 6 de Mayo de 1816… la guerra de zapa que les hago, es terrible, ya les tengo metidos en sus cuerpos ocho desertores, entre ellos dos sargentos, gente de mi confianza, es decir, que han ido en clase de tales. Esto me ha costado indecible trabajo, pero ha sido preciso separar toda sospecha de intervención mía…”, y otra carta de diciembre del mismo año le dice: “… ya voy consiguiendo que el enemigo se divida, la guerra de zapa vale mucho….”.

El jefe del Polvorín del campamento en el Plumerillo fue José Antonio Álvarez Condarco, pero se lo recuerda más como el espía del General San Martín, y no sería justo concluir esta nota sin una mención a él. Álvarez Condarco había tomado estudios de cartografía, era hombre preparado, y memorioso, razones que inclinaron a San Martín para elegirlo en la misión de reconocimiento y mapeo de los pasos a Chile que luego serían empleados por el Ejército Libertador. Sin que pudiera escribir ni dibujar acerca del trayecto y accidentes geográficos, llevó el patriota consigo copia del Acta de la reciente independencia de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, y cruzó por el paso más largo de Los Patos en San Juan a sabiendas que Marco del Pont de no fusilarlo, lo mandaría de regreso por el más corto, de Uspallata. Así ocurrió y ambos pasos fueron reconocidos en sus dificultades y accidentes, en los espacios de acampe. Al despedirlo, y tras entregarle una nota de sarcasmo y soberbia, Marcó del Pont dijo o escribió en el pasaporte a Álvarez Condarco: “Yo firmo con mano blanca, no como San Martín que tiene su mano negra…”. Al regresar a Mendoza el espía entregó al Libertador la cartografía necesaria para el cruce. También San Martín se sirvió de los baqueanos Justo Estay (ya anciano el prócer atribuyó a Estay parte importante en la gloria de Chacabuco) y José Antonio Cruz.

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Álvarez Condarco

Tras la batalla de Chacabuco, y tras un breve intento por escapar, el 15 de Febrero de 1817 cayó prisionero el General Marcó Del Pont, en manos de Aldao; a quien no quiso entregar su sable por no ser un militar de su rango. Llevado al General San Martín, Francisco Casimiro Marcó del Pont Díaz Ángel y Méndez, entonces sí y de modo ceremonioso entregó su arma al Libertador, tras lo cual San Martín le habría dicho y hecho recordar: “Venga su mano blanca mi General”.

(*) Historiador y Abogado

 

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