Cristina empezó su gira de despedida

Hay una poderosa estrategia defensiva puesta en marcha por Cristina. Porque lo que le viene ahora es defenderse. Los diputados camporistas llegarían a un tercio del bloque. Y la proporción sería casi testimonial en el Senado.

Por Julio Blanck

Esos tonos de furia y angustia en la voz, esas palabras encendidas, esa emoción que desborda y las lágrimas apenas contenidas del final; y abajo la pasión de la juventud militante, sus banderas y sus cantos y su declaración a gritos de fidelidad a quien quizás estaban viendo por última vez como Presidenta. Años atrás, después de visitarla en la Casa Rosada, el gran cineasta Francis Ford Coppola dijo a sus amigos argentinos: “Ella no es una presidenta, es una diva”. Con ese aire de quien pretende ser leyenda Cristina, ayer en La Pampa, empezó su gira de despedida.

Su paradoja es abismal. Se va, pero retiene una dosis de poder inédita para un presidente en su situación. Mejoró su imagen, pero hay un persistente núcleo duro de rechazo social hacia ella y lo que ella representa. Ese porcentaje negativo tan alto es el mayor riesgo para la posibilidad de triunfo de Daniel Scioli, su candidato malquerido. 

Ella quiere defender su legado y proteger la retirada propia, de su familia y de quienes la sirvieron en estos años. Hay candidaturas para todos y todas, empezando por la de su hijo Máximo y las de sus camporistas predilectos, Axel Kicillof y Eduardo de Pedro, en Capital y Provincia. Hay jueces y fiscales sembrados estratégicamente y decididos –al menos de palabra– a defender casa por casa la retirada de la Jefa. Hay funcionarios en cargos clave con estabilidad por un par de años más. Hay segundas, terceras y cuartas líneas en reparticiones públicas, ministerios y secretarías, inundadas de adherentes que llegaron con toda la intención de quedarse. Hay, en suma, una poderosa estrategia defensiva puesta en marcha. Porque lo que le viene por delante a la Presidenta es defenderse. O replegarse, si se quiere un término más elegante. Retirarse sin dar la espalda al enemigo. Irse entera y fuerte. Pero irse.

Cristina está demostrando una vez más habilidad y consistencia para el repliegue. No solamente en la construcción de sus líneas de defensa en la Justicia y el Congreso. También lo hace en la política. Para irse entera, esto es para irse sin ser derrotada, decidió bajar la precandidatura presidencial de Florencio Randazzo y quitar así el último obstáculo que le quedaba a Scioli para consagrarse como el candidato oficialista. Scioli le ganaba a Randazzo la elección primaria del kirchnerismo. Randazzo era el candidato de la Casa Rosada, fogoneado sin disimulo por Carlos Zannini. Junto con Randazzo perdía Cristina. Y si eso ocurría, a Scioli le hubiesen regalado el tesoro más preciado: ser el que había destronado a la Presidenta. Nunca jamás tendría ese obsequio. Y no lo tuvo. Cristina reconoció su triunfo antes de que se tradujera en acto. Y le puso a Zannini en la fórmula para estar ella misma auditando cada paso, cada gesto, del dirigente que menos quería tener como sucesor, pero que no pudo evitar.

Si se miran las cosas desde este punto, también la decisión de Cristina de no presentarse a ninguna candidatura obedece a esa lógica de preservación del invicto personal. Si hubiese encabezado la lista nacional de candidatos kirchneristas al Parlasur, hubiera afrontado de modo ineludible la comparación entre los votos que reunirá Scioli y los que cosecharía ella misma. Difícil mantener prestancia y mando de Jefa si se tienen menos votos que el sucesor.

Dirigentes del kirchnerismo más duro han dicho, y también se ha dicho desde estas páginas, que si Scioli llega a la Casa Rosada Zannini será el presidente del Poder Legislativo. Desde su puente de mando en el Senado podría mantener bajo fuego a la Casa Rosada, vetando y saboteando cualquier medida que no respete el alineamiento férreo con los parámetros del relato o intente soslayar las guerras sin concluir del tiempo que termina. Visto así, el hipotético Zannini vicepresidente estaría siempre en línea directa y bajo órdenes de Cristina, a la que se supone estudiando mapas y decidiendo movimiento de fuerzas propias desde su retiro en El Calafate. También esto queda puesto en cuestión, a poco que se miren con detenimiento las posibles relaciones futuras de fuerzas en el Congreso.

Un estudio hecho por un equipo técnico que trabaja para candidatos y gobernantes peronistas, consigna que el kirchnerismo y sus aliados deberán renovar 83 bancas de diputado nacional. Esto equivale a dos tercios del bloque hoy mayoritario, que le asegura quórum propio y aprobación automática a todos los proyectos que reclame la Presidenta. Para mantener ese número dominante, el oficialismo debería repetir en octubre el 54% de votos logrados en la reelección de Cristina, hace cuatro años. Misión imposible, aún ganando.

Habiendo copado el tramo más visible de las listas de candidatos legislativos con dirigentes de La Cámpora, Cristina consiguió instalar la impresión de que sus incondicionales poblarán mayoritariamente el Congreso. Sin embargo, fuentes del peronismo sostienen que incluso haciendo una elección ganadora, los diputados camporistas y otros verticalizados totalmente con Cristina serían alrededor de un tercio del futuro bloque. Y la proporción ultra K sería muy inferior, casi testimonial, entre los futuros senadores.

En el Senado, donde recalaría Zannini, el kirchnerismo y sus aliados renuevan 9 bancas del total de 24 que estarán en juego. Necesitan al menos retener 6 escaños para conservar mayoría propia. Eso asoma bastante más accesible. Pero los senadores, se sabe, responden sobre todo a sus gobernadores. Los gobernadores peronistas se inclinaron estos años ante la billetera. Pero desde diciembre Cristina no tendrá más la billetera y Zannini no disfrutará del ejercicio de ese poder material delegado. El reelecto salteño Juan Manuel Urtubey ya fue encomendado por Scioli para que le anude una razonable cadena de gobernadores sobre los que piensa recostarse. El primer lugar donde esa alianza se haría sentir será el Senado.

El jefe de Gabinete sciolista, Alberto Pérez, ayer se vacunó en salud. Y lo vacunó a Zannini. Al hablar en el canal CN23 dijo que “Zannini no es traidor, no lo imagino haciendo lo que hizo Cobos que es votar contra su propio gobierno”. Los muchachos avisan que están alertas y vigilantes.

Para que ocurra esa toma de autonomía sería preciso que Scioli, si llega a ser presidente, decida actuar de modo de tener poder propio y no acepte ser dirigido por control remoto desde la bella Patagonia.

Deberá resolver si sigue haciéndose el Scioli, como cada vez que lo apretaron y condicionaron. En esa decisión, donde pesará mucho la relación personal de fuerzas que establezca con Cristina, puede jugarse –antes que el destino de su presidencia– su éxito o fracaso como candidato. Scioli tiene una chance de ser algo más que la pura continuidad. Hay que ver si la aprovecha.

La cuestión es que después de coparle el escenario del cierre de listas haciendo uso intensivo del enorme poder político que conserva, Cristina empezó a actuar con Scioli de modo más considerado que lo que se esperaba.

Los fundamentalistas políticos y mediáticos del ultrakirchnerismo ya desfilaron, inclinando sus banderas ante el candidato al que siempre combatieron y despreciaron. Pero resulta que es el mismo candidato de cuya lapicera dependerán para mantener sus generosos beneficios actuales. Se están tragando un ejército de sapos con tal de no terminar tirados en la zanja como Randazzo. Son gente con principios.

Otros movimientos resultaron menos visibles, pero quedaron registrados en el sismógrafo de la política. Por ejemplo, a los diputados ultra K se les ocurrió voltear la ley de emergencia económica, que es parte del dispositivo que permitió a Néstor y a Cristina hacer uso indiscriminado de los recursos del Estado. Dejar caer la ley hubiese sido una manera directa de privar a Scioli, en la eventualidad de su triunfo, de una herramienta que se demostró tan tóxica como eficiente. Pero Cristina conminó a Juliana Di Tullio, la jefa de los diputados oficialistas, a no tocar una coma de esa ley “antes de hablar con el futuro presidente”.

Lo de Cristina será súbito respeto o pura conveniencia: simple estrategia de engaño o genuina admisión del cambio que se avecina. De cualquier manera, iniciada ya su gira de despedida, lo que quiere es irse bien, que la aplaudan ahora y no la molesten después. Scioli puede tener algo que ver en la concreción de ese sueño.

Depende de él. Y ella lo sabe.

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