Para el Gobernador, pertenecer tiene costos

Por Joaquín Morales Solá

Dicen que el peor temor de Daniel Scioli es que Cristina Kirchner no le permita ni siquiera competir en las primarias del Frente para la Victoria. Algo brumoso, jamás explicitado, le advierte sobre que la Presidenta podría bajarlo de la competencia hasta un día antes de la oficialización de candidatos, el 22 de junio próximo. Scioli es Scioli: en tal caso, haría sus valijas y se recluiría en La Ñata. Se equivocan los que piensan que el gobernador bonaerense podría desafiar al cristinismo si éste le cerrara las puertas.

En ese viejo temor debe encontrarse, tal vez, la razón de una arriesgada maniobra ensayada en las últimas horas por Scioli. Elogió en el diario Página 12 al ministro de Economía, Axel Kicillof, y volvió a hacerlo ayer delante de la dirigencia empresaria de la UIA. Scioli fue más allá del elogio: planteó la posibilidad de que Kicillof continúe en el gobierno en una eventual presidencia suya. El empresariado no es precisamente el núcleo social donde el ministro de Economía es un hombre popular. Al revés, es ahí donde se suelen escuchar más críticas a las políticas autoritarias y cortoplacistas del ministro.  

¿Fue acaso una apuesta electoral porque Kicillof es un funcionario que cuenta con buen concepto social? No puede ser ésa la explicación. Kicillof tiene más imagen negativa que positiva en las encuestas, aunque tampoco, es cierto, figura entre los personajes más impopulares de la política argentina. Forma parte del pelotón de funcionarios que no agregan ni quitan nada. Su peor imagen negativa se da precisamente en los sectores medios y medios altos y, desde ya, en lo que Mauricio Macri llama el “círculo rojo”.

El conflicto principal que plantea Kicillof no es electoral, sino la política que él representa. De hecho, la evaluación objetiva de su gestión no arroja ningún dato positivo. Durante los 18 meses de su ministerio, cayó todo lo que tenía que subir y subió todo lo que tenía que bajar. Actividad económica, déficit fiscal, reservas, empleo, inflación, todo deja un saldo negativo en la era Kicillof. Tuvo, sí, la ductilidad política para ir cambiando las recetas en la medida en que la situación del enfermo se agravaba. Devaluó, emitió dinero (y emite) y congeló después el tipo de cambio, para esconder la crisis debajo de la alfombra. Pasó del desendeudamiento kirchnerista al endeudamiento a tasas increíbles en el mundo de hoy. Puso un telón con la pintura del paraíso delante de la crisis de la macroeconomía. Pero, como ya se sabe, la macroeconomía es un trabalenguas para la gente común. La crisis no está en la vida cotidiana de los argentinos. A eso se reduce el éxito político (no económico) de Kicillof.

Scioli no es un converso de última hora. Desde hace varios meses, viene diciendo que la situación económica será mucho mejor en los meses de las elecciones presidenciales (agosto y octubre). No se refiere al nivel de inversión, de actividad industrial o de empleo, que son los termómetros reales de la economía. Alude solamente al consumo del argentino común. ¿Por qué? Porque los aumentos de los salarios de las paritarias comenzarán a pagarse a fines de junio o de julio, poco antes de las primarias de agosto. Y porque entrarán los dólares de la soja. Es decir, habrá plata para el consumo inmediato, aunque después esos aumentos podrían ser destruidos por la voracidad inflacionaria. No importa: eso sucederá cuando ya los argentinos hayan elegido a su futuro presidente.

Dentro de ese pronóstico, y quizá de las propias ideas generales del gobernador sobre la economía, el elogio a Kicillof no es para él una excentricidad. Scioli vive, además, dentro del micromundo cristinista, donde la realidad es lo que se dice y no lo que existe. Ese mundo pequeño le impone también algunas condiciones para pertenecer. Una de ellas es que debe conformar hasta lo que se supone que le caerá bien a Cristina Kirchner. ¿La continuidad de Kicillof, acaso? Kicillof continuará. ¿Una fórmula con Jorge Capitanich como candidato a vicepresidente de Scioli? Lo será. El caso de Capitanich es emblemático. Scioli siempre dijo que le gustaría un gobernador peronista como candidato a vice. Capitanich es peronista y gobernador, y acaba de ganar por amplio margen las primarias de su provincia, Chaco. Cristina ponderó a Capitanich antes, durante y después de las elecciones chaqueñas.

Sin embargo, Capitanich no es el candidato ideal para secundar a Scioli en la fórmula. Tiene una pésima imagen en las encuestas nacionales después de su ridículo paso por la Jefatura de Gabinete. La Argentina no es Chaco. ¿Qué sería de Scioli con Capitanich compartiendo su fórmula y con Kicillof con la continuidad asegurada? Sería el cerco perfecto del cristinismo. Scioli está dispuesto a dejarse cercar; su único e incondicional objetivo es sentarse en el sillón de los presidentes.

El elogio de Scioli a Kicillof encierra otra contradicción. Kicillof es el abanderado del cristinismo en el método prepotente, arrogante y despreciativo de todo lo que no es él mismo. Destrató o maltrató a empresarios, economistas, periodistas, legisladores opositores y sindicalistas. Jamás aceptó que la conversación es una obligación de la política. Algunos empresarios hasta llegaron al absurdo de extrañar los tiempos autoritarios de Guillermo Moreno.

Scioli no es así y se manifiesta como un discípulo prolijo de las enseñanzas de la Iglesia. Se sabe, además, que conserva una buena relación, aunque sin frecuentarse, con el papa Francisco. En los mismos días en que Scioli celebraba la experiencia de Kicillof hubo una inédita unanimidad en la dirección de las homilías de los obispos con motivo del 25 de Mayo. El cardenal de Buenos Aires, Mario Poli; el arzobispo José María Arancedo, presidente de la Conferencia Episcopal, y Agustín Radrizzani, obispo de Luján (para citar sólo a los más significativos), predicaron la necesidad del diálogo y del respeto al otro, alabaron un eventual clima de convivencia pacífica entre los argentinos y rechazaron la confrontación y el odio. En otras palabras, pidieron lo que no hay.

Sería injusto atribuirle al Papa la autoría de cada uno de esos mensajes. Pero sería irreal suponer que esos obispos estaban expresando puntos de vista distintos de los del Pontífice. La Iglesia argentina es la única que no puede darse el lujo de desentonar con el Vaticano, sencillamente porque el Papa salió de sus filas. Las ideas que esos obispos desplegaron en los últimos días son las ideas que Bergoglio expresó durante sus 15 años como obispo de Buenos Aires. Las dijo, incluso, en el primer (y único) tedeum frente a los Kirchner, en mayo de 2004.

Los métodos de Kicillof y las ideas papales sobre las formas de la convivencia son incompatibles. En eso Scioli no es distinto. Oyen al Papa, pero no lo escuchan. También Cristina Kirchner se aferra a una amistad inexistente con el Papa, al que más bien usa en cada una de sus instancias electorales. Presiona como jefa de Estado al jefe de otro Estado para ser recibida. La reunión del próximo 7 de junio con Francisco en el Vaticano era complementaria del motivo principal de su viaje a Italia. Cristina iría a ese país para participar de una feria en Milán. Ahora se sabe que no irá a esta ciudad. Irá sólo a Roma, apenas quince días antes de que cierren las listas de candidatos. ¿Y si la propia Cristina fuera candidata a legisladora en las elecciones de octubre? Habrá desoído, campante, el reclamo repetido hasta el cansancio por el papa argentino: no quiere participar, ni directamente ni indirectamente, en el proceso electoral de su país dramáticamente dividido.

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