Triunfos y derrotas de Cristina Kirchner

Por Joaquín Morales Solá

Cristina Kirchner y Florencio Randazzo hicieron un aporte invalorable a la sinceridad política. Una le saco el velo a la fórmula oficialista: Daniel Scioli es y será ella. El otro mostró el ejemplo de que a Cristina se le puede decir que no, aunque para hacerlo redactó una carta con las reverencias propias de las monarquías absolutas que ya no existen. Sectores empresarios y judiciales se estremecieron con la espectacular aparición de Carlos Zannini como reaseguro de la continuidad cristinista. A su modo, Scioli había convencido a esos círculos de que él sería un cambio lento, pero cambio al fin, de la era kirchnerista. La ilusión llegó a su fin. Cristina retendría importantes resortes de poder en un gobierno sciolista.

Una placidez inédita en los últimos años rodea desde el martes a Scioli. Por fin, es candidato, de lo que no estaba seguro hasta su última conversación con Cristina en Olivos. En esa reunión no se dijo lo sustancial. Los dos habían perdido.

Cristina no pudo prescindir de Scioli (atajo que buscó desesperadamente en el último año) y Scioli no pudo desobedecer a Cristina (rebeldía inverosímil para cualquiera que conoce al gobernador). La guerra fría entre ellos terminó como suelen terminar las guerras frías: con la disuasión mutua; es decir, con la impotencia de los dos. A estas alturas ya está claro que a Scioli sólo le importa ser presidente, no cómo llega a serlo, y que a Cristina la persigue la necesidad obsesiva de controlar el destino, sea éste político o judicial. 

Scioli se consuela con imaginar que Cristina no se meterá con la integración de un eventual gabinete suyo. Alguna garantía tuvo en ese sentido. Es razonable: Cristina nunca será oficialista de oficialismos ajenos. Tampoco la actual presidenta necesitará nombrar algunos ministros para controlar al futuro presidente, si éste fuera Scioli. El cristinismo de pura cepa y La Cámpora se van al Congreso, que sería, en ese caso, presidido por Zannini, un hombre incapaz de mover una lapicera sin la autorización previa de Cristina. El futuro poder cristinista está acampando en el Parlamento.

Pero no sólo ahí. Zannini controlaría los servicios de inteligencia (a través de su amigo el general César Milani) y a los fiscales (a través de su amiga Alejandra Gils Carbó). ¿Podría Scioli relevar a Milani, facultad que tendría? Difícil. Sería la ruptura inmediata con su vicepresidente y con Cristina. El relevo de Gils Carbó sería imposible, porque su cargo está amparado por la Constitución. Sólo un juicio político podría destituirla, pero ese mecanismo sería impracticable con Zannini al frente del Congreso. Zannini sería, además, quien podría gestionar los acuerdos en el Senado para los futuros jueces de la Corte Suprema de Justicia. Éste, sí; éste, no. El temor en la Justicia se extiende ahora más allá de diciembre. Sucede lo mismo en lo más granado del empresariado. Sienten, sin decirlo, que Scioli los abandonó a la piedad de un Dios bueno.

A Cristina sólo le falta, para retener el núcleo duro del poder, encontrar un recurso para asegurarse una línea directa con el Ministerio de Economía. Servicios de inteligencia, jueces, fiscales y dinero. Ése es el núcleo duro.

Scioli suele quejarse de que siempre lo subestiman, porque se dijo lo mismo cuando Néstor Kirchner le puso a Alberto Ballestrini como vicegobernador y cuando Cristina lo impuso en ese cargo a Gabriel Mariotto. Ballestrini no es Zannini. Aquél es un político clásico que la comunidad política respetó cuando fue presidente de la Cámara de Diputados. Mariotto intrigó al principio y hasta deslizó la posibilidad de que el gobernador fuera sometido a un juicio político. Legisladores de Francisco de Narváez y del radicalismo acudieron en ayuda de Scioli, al que finalmente salvaron. Mariotto se hizo sciolista después, cuando Cristina lo desechó. La vicegobernación nunca podrá ser, por lo demás, comparada con la vicepresidencia de la Nación.

Algunos sciolistas se entusiasman con el futuro y eventual poder de la lapicera presidencial. Esa esperanza choca de frente con las propias declaraciones de Scioli, que adelantó su disciplina eterna a Cristina Kirchner. El gobernador nunca se enfrentó con nadie. ¿Por qué lo haría en el futuro si carece de experiencia para esa clase de combates? Hay otros sciolistas que ya aceptan lo irreversible. “El próximo gobierno no podrá hacer cualquier cosa. Será un gobierno de concertación permanente”, dicen. ¿De concertación con quién? Con el cristinismo atrincherado en el Congreso, en primer lugar.

Hasta los mejores voceros de la Presidenta no se privaron de ningunear al gobernador en el instante mismo de su ungimiento. Randazzo dijo que lo habían bajado de hecho, porque si competía contra Zannini hubiera sido como competir contra Cristina. Scioli desapareció de su radar. Aníbal Fernández señaló que la fórmula presidencial fue una “decisión de la jefa del movimiento nacional peronista”. ¿Y la opinión de Scioli? Nadie se la pidió. El propio Zannini se mostró orgulloso de integrar la dupla con “quien fue vicepresidente de Néstor Kirchner”. ¿Algún otro mérito de Scioli, que fue dos veces gobernador de Buenos Aires? Ninguno, al parecer.

El sistema político del cristinismo es el maltrato de las personas, aun de las más cercanas. Las personas son cosas, que se pueden poner, sacar o tirar. Randazzo se enteró de la decisión última de Cristina (quien siempre lo espoleó para que se enfrentara con Scioli) como el resto de los argentinos: por una declaración de Scioli al canal de televisión de Cristóbal López, según la orden estricta que partió de Olivos. Eduardo “Wado” de Pedro intentó un día antes frenar la hemorragia de Randazzo, pero le fue mal. Randazzo creyó siempre que merecía otro trato.

Cristina hizo algo peor: lo obligó a Zannini a traicionar a Randazzo, que era su ahijado político en la competencia contra Scioli. Tampoco Zannini lo llamó a Randazzo para avisarle de su traición. El ministro del Interior se cobró al final tantas ofensas: desbarató el plan maestro de Cristina Kirchner. Ese plan incluía la designación de un solo candidato a presidente (Scioli), la de su candidato a vicepresidente (Zannini) y la elección de un único candidato a gobernador de Buenos Aires (Randazzo). Randazzo era, hasta ese momento al menos, imbatible en Buenos Aires. Sus gestiones para la obtención rápida de los documentos de identidad y para mejorar el servicio de ferrocarriles lo habían convertido en el único candidato a gobernador con posibilidades de mostrar capacidad para administrar.

El rechazo de Randazzo a esa candidatura provincial dejó a Cristina sin su mejor candidato en el más grande distrito electoral del país. También le desmontó el escenario (minuciosamente preparado por la Presidenta) de una manifestación enorme de poder político y personal. La cordialidad con el esquivo Randazzo será breve. A Cristina nunca le gustó un rechazo; menos le gusta ahora, cuando se aproxima el fin de su gobierno.

Scioli enfrentará las elecciones con Zannini a un lado y, seguramente, con Aníbal Fernández en el otro costado. Cristina lo salvó a último momento de su propia presencia en la boleta electoral de Scioli. Aníbal Fernández ganaría las elecciones primarias, según las encuestas de ahora, como candidato a gobernador bonaerense, aunque se agregaron dos datos que podrían complicarlo. El primero es la conformación de una sola fórmula con sus dos adversarios anteriores (Julián Domínguez-Fernando Espinoza).

El otro es la presencia de Martín Sabbatella como candidato a vice de Aníbal; Sabbatella carga con el odio de los intendentes peronistas porque los quiso derrotar a casi todos. De Pedro (que es otra extensión política y afectiva de Cristina) será el primer candidato a diputado nacional por Buenos Aires. Es imposible más cristinismo. Esas listas exhiben, a su vez, que Scioli es sólo la cara amable del cristinismo, que el cristinismo no pudo evitar.

La pregunta sin respuesta todavía es cómo recibirá esa propuesta el electorado independiente. Scioli cuenta (¿contaba?) con un 20 por ciento de votos que son antikirchneristas, pero que lo votarían a él por los viejos destellos que tuvo de independencia. ¿Se quedarán con él? ¿Se irán? Mauricio Macri apuesta a la deserción de esos votantes y a la polarización más aguda. A Cristina no le importan esos detalles, convencida como está de que el poder bien manejado no se va nunca.

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