Zannini no estará solo: Cristina impone el gabinete

Por Marcelo Bonelli

Cristina Kirchner tiene un plan político: mantener el absoluto control del próximo gobierno, en caso de triunfar Daniel Scioli.

La estratégica decisión de ubicar a Carlos Zannini en la fórmula presidencial fue cerrada en secreto hace dos semanas con el propio Scioli, en negociaciones que incluyen otros compromisos fuertes: si el Frente para la Victoria resulta ganador, se mantendría en el Gobierno a la mayoría de los ministros leales a la Presidenta.

El principal caso es el de Axel Kicillof, quien en un eventual triunfo oficialista se mantendría como jefe del Palacio de Hacienda o muy cerca de ese lugar, pese al cúmulo de traspiés que acumula desde que asumió en el ministerio.

Frente a su tropa, Scioli justificó el acuerdo: “Si vencemos, esto le va a dar previsibilidad a nuestro gobierno.” 

También ascenderán a cargos de importancia varios de los actuales jerarcas de La Cámpora. El proyecto apunta, incluso, a poblar la Corte Suprema de jueces leales. En el entorno de Zannini se afirma sin rubor: “Si ganamos, Norberto Oyarbide tendrá su recompensa política por ayudarnos.”

Esta es la información que existe en las cúpulas empresarias. En la Unión Industrial, la Asociación de Bancos y la Asociación Empresaria hubo múltiples reuniones en las últimas 48 horas para evaluar el nuevo escenario político que genera la integración de la fórmula oficialista. En esos encuentros se manifestó inquietud por la “absoluta continuidad” que implica la movida de Cristina y por la posibilidad de que el actual esquema económico persista sin correcciones.

Las primera señal de esas dudas fueron las adversas cotizaciones en los mercados, pero hubo por lo menos cuatro informes internacionales que trasmitieron a los inversores los interrogantes económicos que abre la decisión de Cristina. Uno, secreto, es del Barclays Bank, que esta semana sostuvo: “La sorprendente inclusión de Carlos Zannini en la boleta de Scioli debe ser vista como parte de una arquitectura política de la Presidenta para limitar el poder de Scioli.”

También advierten que, condicionado Scioli, un eventual triunfo oficialista puede derivar en una devaluación. Así lo dice: “Aleja un acuerdo con los holdouts y la apertura al ahorro externo a través de inversiones genuinas, lo cual aumenta la expectativa de depreciación de la moneda en el 2016.”

Esos “papers” volvieron a hablar de devaluación porque –como José Martínez de Hoz y Domingo Cavallo– Kicillof utiliza el atraso cambiario para generar una sensación de transitoria tranquilidad. El actual atraso del dólar oficial es del 30% y provoca fuertes trastornos en la industria y las economías regionales. El desastroso resultado del oficialismo en Río Negro tiene origen en la crisis que generó Kicillof en el Alto Valle.

En igual dirección hablan otros documentos de Wall Street, como los del JP Morgan, el fondo Raymond James y el Citibank. El trabajo confidencial del Citi sostiene que “la noticia reduce la probabilidad de que haya un cambio bajo una eventual administración de Scioli.” Y agrega: “Sin duda, con la designación de Zannini, el kirchnerismo tiene como objetivo mantener tanta influencia como fuera posible.”

Para frenar tan graves comentarios en Manhattan, Zannini envió a los abogados argentinos a tranquilizar a los fondos de inversión. Tiene el control porque es el encargado de abonar los fabulosos honorarios del estudio Cleary & Gottlieb. Pero el mensaje de los letrados causó convulsión: dicen que en caso de ganar la fórmula Scioli-Zannini, Argentina propondría una reprogramación global de todos los bonos, para encubrir el pago a los fondos buitre.

La cuestión generó interconsultas en el Grupo de los 6, los jefes del movimiento empresario local. Ahí las evaluaciones fueron menos drásticas que en Wall Street. Estos hombres de negocios ponderan que –de todos modos– Scioli se impuso en el oficialismo, a pesar de que la propia Cristina no lo quería como candidato del FPV. Adelmo Gabbi esgrime, en privado, la teoría de la lapicera: “En la Casa Rosada, al final, el poder lo tiene el dueño de la firma presidencial.”

También en la Bolsa sostienen que Zannini es mejor candidato que Kicillof, porque, al ser conocido, el ministro es un verdadero piantavotos. Scioli nunca lo quiso en la fórmula.

Kicillof quiere alcanzar la diputación porque eso implica tener fueros y eludir investigaciones judiciales.

En las últimas semanas se conocieron las pésimas condiciones que aceptó en el acuerdo con el Club de París. Los primeros documentos públicos de esa transacción confirman un anticipo de Clarín: que Kicillof no negoció y que directamente validó todas las imposiciones que los acreedores le exigieron, e implicaron reconocer una deuda adicional de 3.600 millones de dólares. Las claudicaciones de Kicillof intentaron ser tapadas con un compromiso: el Club de París aceptó no difundir el acuerdo para que el ministro no quedara expuesto políticamente.

Pero los convenios bilaterales que firma la Argentina con los miembros del Club confirman su blandura a la hora de negociar en París.

El decreto 957 que ratifica el convenio con Francia y documentos anexos del Palacio de Hacienda confirman la pésima operación de Kicillof. Incluyó en la negociación deuda que ni Carlos Menem había aceptado incorporar. Tampoco exigió –contra lo que es habitual– una baja en los de intereses vencidos y admitió una aberración financiera: el pago de la totalidad de los punitorios que pidió el Club de París.

A cambio no obtuvo ni un solo crédito para inversión. El texto del acuerdo ratifica una cosa: una inadmisible rendición financiera de la Argentina.

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