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La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping dejó algunos acuerdos concretos en comercio y abrió un canal de diálogo sobre inteligencia artificial, pero evitó resolver las principales diferencias estratégicas entre Estados Unidos y China.
Por Alfredo Atanasof (*)
La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping terminó en Washington con una conclusión que, en buena medida, confirma la hipótesis que anticipaba la reunión: Estados Unidos y China no están preparados para poner fin a su rivalidad, pero ambos tienen razones para evitar que esa competencia derive en una nueva escalada.
Durante tres días, la diplomacia, la ceremonia y los gestos personales ocuparon un lugar destacado. Xi recibió una recepción de Estado en la Casa Blanca, ambos presidentes mantuvieron reuniones y compartieron actividades destinadas a proyectar una imagen de estabilidad.
Pero detrás de esa puesta en escena hubo también resultados concretos, aunque limitados. Washington y Pekín acordaron reducir aranceles sobre determinados productos, extender la tregua comercial y establecer nuevos mecanismos de diálogo. También decidieron mantener abierta la negociación sobre inteligencia artificial y otras cuestiones tecnológicas.
La cumbre, por lo tanto, no produjo un gran acuerdo histórico. Produjo algo posiblemente más importante para el momento actual: tiempo y mecanismos para seguir negociando.
Una tregua comercial que vuelve a ganar tiempo
El principal resultado de la reunión se encuentra en el terreno económico.
Estados Unidos y China acordaron extender los resultados de negociaciones anteriores y avanzar en una reducción recíproca de aranceles sobre bienes por aproximadamente 30.000 millones de dólares. También acordaron crear un consejo comercial destinado a continuar las conversaciones.
La decisión permite evitar, al menos temporalmente, un nuevo incremento de las tensiones comerciales.
La tregua había sido prorrogada previamente por dos meses y ahora la cumbre permitió consolidar ese proceso de negociación. El objetivo de ambas partes parece ser impedir que la disputa arancelaria vuelva a convertirse en una guerra comercial abierta.
Sin embargo, el acuerdo no elimina las diferencias estructurales.
Washington continúa utilizando los aranceles, las restricciones tecnológicas y el acceso al mercado estadounidense como instrumentos de presión. Pekín, por su parte, conserva importantes herramientas de negociación, especialmente en materia de minerales críticos y cadenas de suministro.
Por eso, más que el cierre de una guerra comercial, la cumbre representa una nueva etapa de administración de la disputa económica.
El poder de los minerales críticos
Uno de los elementos que ayudó a explicar la actitud más prudente de Washington durante la negociación fue la cuestión de las tierras raras y otros minerales estratégicos.
China ocupa una posición dominante en buena parte de las cadenas globales de extracción, procesamiento y refinamiento de estos materiales, indispensables para sectores que van desde la electrónica hasta la industria de defensa.
La experiencia de los últimos años demostró que las restricciones a las exportaciones pueden convertirse en una herramienta de presión considerable.
Esto genera una paradoja para Estados Unidos.
Washington pretende reducir su dependencia tecnológica e industrial de China, pero al mismo tiempo continúa necesitando componentes y materias primas vinculadas con cadenas de suministro en las que Pekín posee una posición privilegiada.
La disputa comercial, por lo tanto, dejó de ser exclusivamente una cuestión de aranceles. Se transformó en una competencia por el control de las cadenas estratégicas de producción.
Inteligencia artificial: diálogo sin desarme tecnológico
La inteligencia artificial fue otro de los grandes temas de la cumbre.
Antes de la reunión existían expectativas respecto de la posibilidad de establecer algún mecanismo para limitar los riesgos derivados de la competencia tecnológica entre ambas potencias.
El resultado fue más modesto, pero significativo: Washington y Pekín acordaron establecer un canal de comunicación para abordar cuestiones vinculadas con la inteligencia artificial y sus posibles incidentes.
El mecanismo no significa que Estados Unidos y China hayan abandonado su competencia tecnológica.
Todo lo contrario.
Washington continúa buscando preservar su liderazgo en semiconductores, inteligencia artificial y computación avanzada, mientras China intenta construir un ecosistema tecnológico cada vez más independiente de las empresas y tecnologías estadounidenses.
Pero la existencia de un canal de comunicación introduce una diferencia importante.
En una competencia tecnológica cada vez más intensa, ambos gobiernos reconocen que también necesitan mecanismos destinados a evitar errores de cálculo, incidentes o desarrollos que puedan generar consecuencias difíciles de controlar.
La inteligencia artificial comienza así a ocupar un lugar similar al que durante la Guerra Fría tuvieron determinadas tecnologías militares: un ámbito de competencia, pero también de necesidad de comunicación.
Taiwán continúa siendo el gran punto de tensión
Si el comercio permitió alcanzar acuerdos y la inteligencia artificial abrió un nuevo espacio de diálogo, Taiwán permaneció como una de las cuestiones más difíciles.
La cumbre no produjo una solución al problema político y estratégico de la isla.
Para Pekín, Taiwán constituye una cuestión central de soberanía y reunificación nacional. Para Washington, la seguridad del estrecho de Taiwán forma parte del equilibrio estratégico en Asia-Pacífico.
La ausencia de un acuerdo sobre este punto es significativa.
Porque mientras los conflictos comerciales pueden ser negociados mediante aranceles, compras o concesiones económicas, las cuestiones relacionadas con soberanía, seguridad y presencia militar tienen un margen de negociación mucho más reducido.
Taiwán continúa siendo, por lo tanto, uno de los principales riesgos de una eventual escalada entre las dos potencias.
Irán y Ucrania: coincidencias limitadas
Trump y Xi también abordaron las guerras de Irán y Ucrania, dos conflictos que muestran hasta qué punto la relación entre Estados Unidos y China excede el ámbito bilateral.
En el caso de Irán, China posee intereses económicos y energéticos importantes. La seguridad de las rutas marítimas y particularmente del estrecho de Ormuz tiene consecuencias directas para la economía china.
En Ucrania, las posiciones de Washington y Pekín continúan siendo diferentes, aunque ambos tienen interés en evitar que el conflicto produzca una desestabilización internacional todavía mayor.
La cumbre no generó una iniciativa conjunta capaz de modificar sustancialmente ninguno de estos conflictos.
Sin embargo, el hecho de que ambos líderes incorporaran estas cuestiones a su diálogo demuestra una realidad cada vez más evidente: la relación entre Washington y Pekín se ha convertido en una variable central de prácticamente todos los grandes conflictos internacionales.
Mucha diplomacia y pocos grandes acuerdos
Uno de los aspectos más comentados de la cumbre fue la diferencia entre la magnitud de la ceremonia y la cantidad de acuerdos estratégicos alcanzados.
La visita de Xi fue acompañada por una importante puesta en escena diplomática. Trump destacó reiteradamente la relación personal que mantiene con el líder chino, mientras Xi insistió en la necesidad de construir una relación basada en estabilidad estratégica, respeto, reciprocidad y ausencia de confrontación.
Pero detrás de las imágenes de cordialidad permanecieron prácticamente intactos los principales desacuerdos.
No hubo un acuerdo capaz de resolver la competencia tecnológica.
No hubo una solución al problema de Taiwán.
No desaparecieron las restricciones comerciales.
Tampoco se produjo una convergencia estratégica sobre Irán o Ucrania.
La cumbre, por lo tanto, debe ser interpretada más como un mecanismo de estabilización que como un punto de inflexión definitivo.
Dos nuevos encuentros antes de terminar 2026
Quizás uno de los resultados más importantes de la reunión sea la decisión de mantener una diplomacia presidencial frecuente.
Trump y Xi acordaron volver a reunirse antes de finalizar el año: en noviembre, en China, y nuevamente en diciembre, en Miami. Esto elevaría a cuatro los encuentros personales entre ambos líderes durante 2026.
La frecuencia de estos contactos puede resultar significativa.
En una relación caracterizada por profundas desconfianzas, la comunicación permanente permite reducir el riesgo de que una disputa puntual termine desencadenando una crisis de mayores dimensiones.
La lógica parece ser clara: si la competencia no puede eliminarse, debe ser administrada.
El verdadero resultado: evitar una nueva escalada
La cumbre Trump-Xi deja así una conclusión menos espectacular que la de un gran acuerdo histórico, pero posiblemente más representativa de la relación actual entre las dos potencias.
Estados Unidos y China siguen compitiendo por el liderazgo económico, tecnológico y estratégico del siglo XXI.
Pero ambos gobiernos también parecen reconocer que una confrontación abierta tendría costos demasiado elevados.
El comercio necesita estabilidad. Las cadenas de suministro necesitan previsibilidad. Las empresas tecnológicas necesitan mercados. China necesita acceso a determinadas tecnologías y mercados internacionales. Estados Unidos necesita evitar interrupciones en cadenas industriales estratégicas.
Y ambos necesitan impedir que Taiwán, la inteligencia artificial, los minerales críticos o cualquier otro punto de fricción produzca una crisis fuera de control.
Una nueva etapa de la rivalidad
La reunión de Washington no inauguró una nueva era de cooperación entre Estados Unidos y China.
Tampoco puso fin a la rivalidad.
Lo que hizo fue consolidar una dinámica diferente: competencia con mecanismos de contención.
Ese puede ser el verdadero significado de la cumbre.
Washington y Pekín parecen haber comprendido que la alternativa no es necesariamente elegir entre cooperación total o confrontación abierta. Existe un espacio intermedio en el que pueden competir intensamente y, al mismo tiempo, negociar acuerdos parciales para evitar que esa competencia se transforme en conflicto.
El problema es que ese equilibrio sigue siendo frágil.
Los aranceles pueden volver a subir. Las restricciones tecnológicas pueden endurecerse. Las tensiones sobre Taiwán pueden aumentar. Los minerales críticos pueden volver a convertirse en instrumentos de presión.
Por eso, los próximos encuentros entre Trump y Xi serán tan importantes como la cumbre de Washington.
La estabilidad internacional dependerá también de Washington y Pekín
La relación entre Estados Unidos y China se ha convertido en uno de los principales ejes de la política mundial.
Lo que sucede entre ambas potencias repercute sobre el comercio internacional, las cadenas de suministro, la tecnología, los mercados financieros, la energía y los conflictos regionales.
La cumbre de Washington no resolvió esa competencia.
Pero logró algo más inmediato: evitar que las diferencias existentes volvieran a transformarse en una escalada.
En definitiva, Trump y Xi no cerraron la rivalidad entre Estados Unidos y China. La administraron durante un nuevo capítulo.
Y quizás esa sea la característica central del nuevo orden internacional: no un mundo de acuerdos definitivos, sino un sistema en el que las grandes potencias intentan mantener sus diferencias dentro de límites que permitan evitar una confrontación directa.
La verdadera prueba comenzará ahora, cuando desaparezcan las ceremonias y los discursos y los acuerdos alcanzados deban transformarse en hechos concretos.
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